Columbia Road
BSO: Bon Iver
Sin saber muy bien hacia donde dirigir sus acelerados pasos, él la buscaba a ella. No caminaba con los pies, ni con las piernas, sino con el pulso constante de su corazón. Caminaba con el sol de cara, templando su cuerpo. Nunca nada le había parecido tan agradable.
A sus lados el mercado de las flores de Columbia Road enardecía de vida. A su derecha un cuarteto de músicos tocaba al ritmo del rock and roll con un bajo, un par de guitarras y un solista. El olor de las flores se elevaba hacía un cielo azul infinito, tan solo manchado aquí y allá por unas claras nubes. A través del cristal de sus gafas de sol, el mundo parecía tener un filtro antiguo, sepia. El sol le impedía reconocer demasiado. Margaritas, orquídeas, cactus. A su derecha una cafetería que desprendía un maravilloso y reconfortante olor a café, la bebida perfecta para un sábado a las cuatro de la tarde de un frío día de enero.
Acababa de alcanzar la mitad de la calle y casi había olvidado lo que le había empujado a salir de casa aquel día. El corazón volvía a latirle y ahora ya no podía concentrar su atención en aquellos placeres que unos segundos antes le habían hecho sentir tan vivo. Ahora se sentía aún más parte del mundo, pero en otro sentido. Miraba rápidamente todas las caras con las que se iba cruzando intentando encontrar la suya, intentando cruzar su mirada con sus profundos ojos verdes. Buscaba su pelo, su liso pelo rubio, probablemente cubierto por su gorro preferido de color rojo fuerte. La buscaba pero no la encontraba. Ya no escuchaba nada, solo los latinos de su propio y acelerado corazón. Su mente trataba de encontrar respuesta a la pregunta más obvia: ¿Cómo saludarla? Porque, ¿seguirían las cosas igual?, ¿seguiría enamorada de él o habría encontrado a alguien más? Después de dos meses separados y sin apenas comunicación, todo le parecía posible. Tanto el amor como su ausencia.
En aquel momento un rayo de sol le cegó completamente, y no fue hasta recuperar la visión que la encontró a unos metros frente a él. Parada y observándole. Sonriéndole. Invitándole a acercarse. Con sus ojos verdes y su pelo rubio cubierto por un gorro de color rojo fuerte. Seguía igual, como si aquellos dos meses no fuesen más que dos días, quizás dos horas. El mundo se había parado antes sus ojos y ya no estaban más que ellos dos. Él corriendo hacía a ella, rodeándola con sus brazos y hundiendo su cabeza en su cuello. Alzándola al aire para dar una, dos, tres vueltas de felicidad. Besándola.
Y la vuelta de todos los sentidos de una vez. El olor a las flores, al café de un frío sábado por la tarde. El barullo de decenas de personas, el sonido de diferentes idiomas luchando por abrirse paso. La templanza del sol invernal. El lejano ritmo del rock and roll. Sus palabras pronunciadas suavemente en su oído, como una melodía olvidada largo tiempo atrás: Te estaba esperando.
