Jordania
BSO: Madre Deus
La sala de exposiciones estaba llena de intelectuales y artistas que, con una copa en la mano, se paseaban apreciando las fotografías del desierto.
Él, desde el fondo de la sala los observaba a todos mientras uno a uno, como atraídos por un fuerte imán que los seduciese, se acercaban al único cuadro inserto entre todas las fotografías. En dos ojos verdes. Una mirada. Y un velo.
Era la mejor obra que había realizado en su vida, pues no era arte. Era sentimiento. Amor. Poco a poco volvió a esa mirada, intentando rescatar todos aquellos momentos juntos, pero separados: la imposibilidad de tocarla le quemaba.
Con la cabeza embotada daba vueltas en la esterilla sin comprender qué le ocurría, dónde se hallaba.
Después de lo que le parecieron horas logró abrir los ojos, una leve ranura y la luz le inundó cegándolo. Tanto que la mente se le quedó en blanco por unos segundos. Notaba la lengua pastosa, el cabello grasiento. Los músculos agarrotados.
Estaba solo. El silencio a su alrededor lo hacía hundirse aún más en aquel mundo de tinieblas del que no quería salir.
Al fin comenzó a recordar. El desierto. Jordania.
La travesía que comenzaron tanto tiempo atrás. Pero, ¿Quienés? Como flashes las imágenes iban volviendo a su memoria. Con ello un dolor de cabeza que le provocaba ganas de gritar, si hubiera tenido fuerzas para ello... Sin embargo apenas podía moverse. ¿Qué le ocurría? ¿Por qué lo habían dejado solo?
Poco a poco su mente volvió a sumirse en la penumbra. En duermevela trataba de recordar quién era. Por qué se encontraba allí.
No sabía bien cuánto tiempo después, oyó pasos a su alrededor. Pasos fugaces. Al instante notó como alguien lo movía quedamente. De un respingo se volvió en el acto. Estaba asustado, aunque al fin lograba moverse. Reaccionar.
A su lado una joven chica vestida de vivos colores y con la cara cubierta por numerosos velos le acercaba un cuenco con comida.
Era morena por lo que podía ver de ella.
Y de repente en las dunas. Sobre camellos bebían y reían. Anna y él. Su hermana. Le hacía una foto frente a un atardecer maravilloso ¿Cómo lo había podido olvidar? Era fotógrafo, y acababa de realizar el viaje más maravilloso de su vida. Pero ¿Dónde estaba? Y ¿Dónde estaba ella?
La chica continuaba ofreciéndole el cuenco, la mirada inclinada. Ahora que el dolor de cabeza comenzaba a pasársele, comprendía lo hambriento que estaba. Agradecido tomó el cuenco pero la chica no se movió. De pronto notó que una rabia irracional lo llenaba.
-¿Quién eres? -gritó bien alto.- ¿Dónde estoy? ¿Qué hago aquí?
Entonces la chica lo miró fijamente a los ojos. Unos ojos verde esmeralda que le cortaron la respiración. Ninguna palabra y él comprendió.
La caída, la impotencia y la rabia por lo que ocurría. La preocupación de Anna porque se alejase del oasis y del grupo. Su impaciencia por fotografiar el desierto vacío. Las dunas. Y sobre todo aquella pequeña gruta que vieran unas horas antes.
Su promesa de que no le iba a pasar nada, de que no era la primera vez que hacía algo así.
Y al llegar a la cueva los bandidos. La caída del camello. El dolor casi insoportable, y después. Nada.
Sólo aquella chica. Y él.
La siguiente vez que la vio, sin poder evitarlo, alzó la mano hacia ella. Quería tocarla. Necesitaba tocarla.
Pero ella, agitada se apartó sin pronunciar una palabra. Sus ojos lo decían todo.
Cuando llegó el rescate estaba solo en la cueva. Aún no sabía si ella era un sueño provocado por el dolor y la fiebre. O no, si por el contrario había estado allí, con él. Cuidándolo.
Encogiéndose de hombros volvió la mente a la exposición y a la pintura. Sin darse cuenta, se habían quedado solos.
