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La Coctelera

SOUS LES PAVÉS, LA PLAGE

15 Enero 2010

Paraíso inhabitado

BSO: EDDIE VEDDER

Ahora que Anne era mayor se pasaba las tardes sentadas frente al televisor, como cualquier otra mujer con el pelo blanco. Aunque ella sabía que ella no era como las demás. El resto tan sólo veía allí a una anciana sentada en la camilla, pero no sabían que ella miraba el aparato de televisión sin ver. Que oía sin escuchar. Tan sólo pensaba que aquella sucesión de sonidos monótonos y repetitivos podían ayudarla a recordar. Y recordar era todo lo que allí hacía.

Recordaba el tacto de las telas, sus llamativos colores. Los olores, tan intensos. Y sus ojos. Esos ojos marrones que la seguían allí dónde fuera aquel verano de 1969.

Anne acababa de cumplir veinte años y sus padres habían decidido celebrarlo con un viaje a la India. Habían alquilado una gran casa al lado de Deli, y allí pasaban los días y las noches.

Desde el primer día aquella tierra cautivó a Anne. La gente y su pobreza que ella nunca hubiera creído desde su acomodada situación en Inglaterra. Y lo mejor de todo eran aquellos paseos por la mañana al mercado a dónde acompañaba a Nayara, la chica que se ocupaba de las tareas de la casa. Ambas tenían la misma edad y desde el principio quedaron unidas por fuertes lazos de amistad, sin importarles la procedencia ni la diferente posición que provocaba más de un codazo a su paso. Lejos de esto, compraban y cocinaban juntas y luego pasaban la tarde entre baños en el riachuelo de al lado de la casa. Allí un pequeña cascada las hacía saltar y reír.

Allí fue dónde lo vio por primera vez. Un nómada, un alma indómita. Él.

Las miraba mientras se bañaban, y no parecía importarle ser descubierto en su observación.

Cuándo Anne lo descubrió entre los ramajos se pegó un susto de muerte, ahora sonreía al recordarlo. Un chico tan blanco como ella. Barbudo y vestido con un taparrabos indio. El torso al descubierto. En su mano un palo afilado con el que había estado pescando. Y esos ojos que no se despegaban de ella un segundo. Y ella que tampoco podía despegar los ojos de él.

Vivía en una chabola cerca de la finca que ellos tenían, le contó Nayara. Él también había llegado con dinero. Ataviado de trajes occidentales y buenos modales. Era un chico raro. Lo consideraban loco y la gente trataba de rehuirle siempre que le era posible. Comenzó dando su dinero a los pobres que se morían de hambre. Les daba comida y mantas donde hacer más apacible su vida en la calle. Todos temían el día en que se fuera y ya no hubiese nadie que se apiadase de ellos. Sin embargo ya nunca se fue. Se quedó a vivir en la naturaleza. Tenía su propio huerto y le gustaba pescar. Era educado, y sin embargo la gente ya no podía fiarse de él. Un hombre que había abandonado su vida por ser como ellos debía estar loco o ser un idealista. Y allí ya no había espacio para ninguno de los dos.

No fue hasta finales de mes que Anne volvió a verlo. Vendía tomates en el mercado, pero nadie parecía comprarle. Aparentemente ajeno a la situación, permanecía sentado en una silla plegable, con unas gafas enormes, leyendo. El pelo, largo y enredado, lo tenía sujeto en un moño encima de la cabeza, y envolviéndolo, un llamativo fular morado. Se acercó, no sabía porque pero no podía evitar sentirse atraída por su presencia. Por aquellos ojos marrones que ya no se separaron de ella en todo el verano.

-Hola -le saludó en inglés.- Quiero un par de kilos de tomates por favor.

Y él le sonrió. Aquella sonrisa. Aquellos dientes algo amarillentos y desgastados para lo temprana de su edad.

-Claro que sí. -Y su acento. Su voz. Su olor. -¿Quieres que vayamos a dar un paseo?

Él llevaba el carrito, y sin saberlo, también su corazón. La gente a su alrededor se volvía a cada instante. Preocupados. Curiosos. Desconcertados. Ella, la chica buena y educada. Guapa si podía considerarse hermosa a una mujer tan pálida. Refinada.

Y hablaron. Hablaron de filosofía. Y de arte. Hablaron de la India. Y de Inglaterra. Pero no hablaron de ellos. ¿Qué significaban esas dos pequeñas y materiales personas, sujetas al devenir?

Caminaron lo que le parecieron instantes, horas en la realidad. Hasta llegar a un recodo del río donde el agua caía en cascada, alborotada. Pura. Virgen. Cristalina.

Y se desvistieron. Y ya no hablaron más de filosofía. Ya no más de arte ni política.

Sino que se dejaron hacer. Nadaron y se zambulleron una y otra vez. Felices de su felicidad mutua. Se abrazaron y se sintieron unidos. Ellos que tan sólo se conocían de unas horas atrás. Pero ¿Qué importaba el tiempo en un mundo donde todo se acaba? ¿Para qué conceder importancia al tiempo cuando quizás mañana ya no quede nada? Si tan sólo nos quedan fragmentos que una vida que recordar. El ayer, el hoy y el mañana confluyen y se abren camino a través de los días, las horas, aquellos instantes en los que somos felices.

Aquella noche, Anne pensaba en él. Christopher era su nombre inglés. Aahan su nombre indio. En sus caricias, en sus besos y su deseo aumentaba. Su anhelo por dormir con él, por notarlo cerca, junto a ella.

Aquella noche Anne se escapó de casa por primera vez. Anduvo cerca de media hora a oscuras bajo riesgo de pisar una víbora hasta encontrar la chabola dónde el hacía su vida. Y no le sorprendió ver luz a través de la ventana. ¿Cómo dormir si se puede vivir?

Aquella noche la pasaron juntos. Y como aquella noche muchas más. Abrazados se contaban sus sueños, fantasías utópicas que sin embargo veían cerca. Tan cerca. Ella dejó sus faldas y sus trajes. Los colores eran demasiado llamativos para dejarlos en los puestos. Quería vivir, formar parte de aquello. Y ante todo quería amar. Aún más. Deseaba sentirse amada.

Leían y reían juntos. Por las noches fumaban canutos y se transportaban. A otra vida. A otros cuerpos. Y hacían fotos. Él le enseñó a pescar. Ella a coser.

Pero el verano terminaba y la madre de Anne la instaba a volver a casa. Allí sus estudios. Sus amigas. Su primo Adrien, pretendiente desde hacia años ya.

Y las quejas, y los lloros. La impotencia e incomprensión. ¿Cómo ya añorar a una persona con la dormía todas las noches?

Y aquel último día. Aquella madrugada tan especial después de horas a través de las rutas salvajes para alcanzar aquel oasis. Aquel paraíso inhabitado. Las cañas, el río. El amanecer. Anne recostada en su pecho y el sol cubriéndolos poco a poco. Los ruidos de la naturaleza al despertar.

Y allí se quedó. Él con sus ojos marrones. Con las promesas sin cumplir y los sueños de una juventud recién descubierta.

 

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1 comentario · Escribe aquí tu comentario

live_forever

live_forever dijo

me encanta (L)
Sobre todo la parte del final, qué bonito :)

16 Enero 2010 | 12:11 PM

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